Cada uno vive como buenamente puede. Unos trabajan para terceros, otros por su cuenta, los hay que son artistas, también hay artesanos y los más tenemos una profesión, o un oficio. Yo soy de los últimos, y debo decir que me tocó uno muy cruel. No porque lo sea en sí mismo. Es porque no resulta fácil hablar de él. Imaginen, si no, una fiesta en casa de un vecino, mucha gente desconocida. Nada más normal, a poco que la temperatura social se incremente unos grados, que un ¿y tú qué haces, a qué te dedicas? Los que primero se animan a contestar dicen ser doctores ilustres, afamados empresarios, funcionarios de cuerpo superior, catedráticos eximios, artistas renombrados o medias puntas que van bien de cabeza. Desde ahí, en progresivo descenso, el turno se nos acerca y se nos acerca, mientras buscamos el modo de salirnos del grupo, de guarecernos en el retrete, o donde sea, para no explicar que uno lleva el control del espacio comercializable de los cementerios municipales. La gente suele ser educada y no descompone la expresión por mucho que percibamos un sutil gesto colectivo, ese inconfundible de lagarto, lagarto, y que más de una mano se retrae a la espalda para extender los dedos índice y meñique, que así se conjura el mal de ojo. Siempre hay algún audaz, por no decir cabrón, que se quiere lucir a costa tuya y que inexorablemente pregunta, con sardónica inocencia, ¿y de qué va eso, tío? ¿asignas tú las tumbas?, a lo que, ya jodido y en tono desafiante, respondes que sí, tú lo has dicho, soy el que dice dónde acabáis todos y cada uno de vosotros. Sí, ríete, pero tarde o temprano tu expediente pasará por mi mesa, y seré yo el que diga en qué nicho ponemos tu ataúd, qué vecinos tendrá tu sepultura o a qué hora quemamos tus despojos.
Comprenderán, pues, que no sólo procure no hablar de cómo he ganado mi pan el medio siglo que llevo entre cadáveres, sino que cada día rehuya más y más el contacto con los vivos. He pasado por demasiado, desde que me llamaran Raskayú a que me preguntaran si los muertos salían de madrugada para dar una vuelta, como cantaba no recuerdo cuál niña pija, sabrá ella qué carajo es pasar una noche deambulando por un camposanto. Es desagradable porque no es un humor recíproco, de ida y vuelta, bondadoso, el que hace sonreír por mucho que a menudo se trate de muecas torcidas. Si no respondes eres un antipático y un borde, pero si explicas que sí, que los nichos se resquebrajan al alba y las muertas de postparto salen a pasear en sus mortajas, ensangrentadas de los bajos y arrastrando tras ellas sus placentas viscosas ‑una imagen muy celebrada; más de una digestión he cortado con ella-, eres un asqueroso y un tío por demás desagradable, y no entiendo cómo le has invitado, Pepita. Total, que hace mucho me resigné a decir que administro propiedades inmobiliarias, lo que no deja de ser cierto, y a cambiar de tema, pero sin evitar que me duela. Que me ofenda. Es la razón de que cada vez hable con menos gente, sin poder decir que lo sienta. En la vida, y si tienen suficientes años seguro que me comprenden, todo es acostumbrarse.
Me falta poco para retirarme, pero a diferencia de lo normal nadie me achucha, nadie me presiona para que acepte una prejubilación. No es que sea imprescindible. Sucede, simplemente, que nuestro negocio es muy estable y nada disputado. Para vender no necesitamos rostros agradables ni toque sexy alguno. Somos lo que somos, y cuanto más feos, y más viejos, y más siniestros, más paz inspiramos y más caros son los ataúdes que vendemos. Rara vez hay una crisis, y si alguna se presenta, como la del verano pasado, es por exceso de clientela, no por lo contrario. Mal verano, el que tuvimos. Un calor horroroso, ¿se acuerdan? Aquí, en Madrid, cascaron dos mil que aún no les tocaba. Hubo suerte, menos mal. Como la mayoría eran jubilatas que vivían solos, como seré yo dentro de tres años, sólo se les supo sepultables cuando sus vecinos volvieron de vacaciones y percibieron el aroma, o cuando sus hijos se acordaron de llamarles, que alguna vez hay que hacerlo, y les extrañó que quince días después siguieran sin contestar. Unas cosas con otras, el gran achuchón se diluyó a lo largo de septiembre, así que pudimos afrontarlo sin horas extraordinarias. Tuvimos algún problema con los nichos, porque siendo verano era impredecible tal exceso de demanda –sube con las gripes, aunque no con los calores‑ y apenas disponíamos de reservas edificadas, pero una experta gestión comercial –nadie se deja influir tanto como un deudo, sobre todo si del duelo sale disparado a la notaría- desvió la demanda excedente a nuestros magníficos crematorios, de modo que pudimos capear el temporal sin que nadie advirtiera lo cerca que anduvimos, si no del desastre, sí de ser noticia, lo último que se puede permitir una empresa de servicios funerarios.
Como les decía me jubilaré dentro de poco. Mientras llega el día me ocupo de mi trabajo con impecable diligencia. No me apasiona, pero lo hago a satisfacción de la empresa y eso es lo que cuenta. El día que me vaya pondrán en mi lugar un titulado superior con tres idiomas y siete masters, y no por eso lo hará mejor. Es más, necesitará un tiempo para no meter la pata, y cuando aprenda se largará, por lo que ya les dije, que no poder hablar de lo que uno hace conduce a volverse diferente, o a buscar otro trabajo, y más si aún se es joven. Se preguntarán ustedes cómo se puede meter la pata en asignar sepulturas, por impacientes que sean los deudos, y les diré que no es ahí donde se mete, porque quien de veras asigna es un ordenador que compramos hace años, y que aunque ya es mayor, como yo, lo sigue haciendo de maravilla, igual que yo. Mi función es meramente fedataria: refrendo con mi firma de apoderado lo que dice la máquina, y todos contentos. Se puede meter la pata cuando el ordenador no lo hace todo. Me refiero a si hay que desenterrar, o exhumar, que suena más elegante. No estoy hablando de las exhumaciones puntuales, esas que de vez en cuando acometemos a requerimiento judicial, sino a las rutinarias, las que se realizan a los veinticinco años del enterramiento si el que contrató la sepultura no lo hizo a perpetuidad. El ordenador me indica, en preaviso de seis meses, que un determinado espacio recomercializable, por lo general a buen precio –para residir en un buen sitio, rodeado de vecinos elegantes, siempre hay que pagar un plus‑, está por quedar libre. Me dice también dónde puedo encontrar el expediente, pero desde ahí es cosa mía.
Cuando se trata de una primera ocupación es normal que aún existan deudos que hayan conocido al difunto, y como es su derecho prorrogar el contrato hay que dar con ellos, lo que rara vez es fácil. A menudo son ancianos apenas lúcidos, sin control efectivo sobre su patrimonio. Hay, pues, que localizar a quienes les controlan, a menudo hijos desalmados que si algo desean es que papá, o mamá, la espiche de una santa vez y así puedan repartirse lo que tenga, por lo general un piso en un buen sitio y que les sacará el vientre de penas. En mi registro estadístico particular, nueve de cada diez, una vez entienden que si dicen de seguir hay que pasar por caja y si dicen de que no eso es todo, no se les paga por dejar la tumba libre, al momento deciden a favor de la fosa común, que la vida está mu achuchá y ellos, total, ni se acuerdan de su abuela. El que hace diez sí prorroga, normalmente porque no es un viejo tan caduco y acabado que no se pueda limpiar el culo él solo, que aún controla su dinero y hace con él lo que le sale de sus partes, y mejor gastarlo en eso que dejárselo a la zorra de la nuera, un suponer. A mí, pues qué quieren: me daría igual, aunque la empresa prefiere que no haya prórrogas, porque la tarifa es más baja y se ingresa menos, y eso hace que de un modo sutil, pero eficaz, que para manipular voluntades nada como la experiencia, oriente al deudo a renunciar. Curiosamente, cuando no tengo éxito se acaban mis problemas, mientras que si triunfo empiezan mis desvelos. Es por la exhumación, que se las trae. Las normas dicen que debo conseguir la presencia del deudo para evitar reclamaciones futuras, pese a no ser plato de gusto ver abrir un ataúd que una vez contuvo un ser más o menos querido. Todo el mundo tiende a pasar, aunque ahí es cuando susurro que a menudo aparecen objetos de valor, ya que antiguamente, cuando los muertos bajaban a sus tumbas, se acostumbraba enjoyarlos, pero a la fosa común bajan sin nada, los huesos metidos en un saco y eso es todo, y si algo aparece se queda en depósito un cierto tiempo, al cabo del cual se vuelve propiedad de la empresa. El deudo, si lo habré visto veces, guarda un silencio de segundos para después cambiar de idea, bueno, si es así allí estaré, para decirle adiós una última vez. Ay, si yo les contara de las miserias humanas...
Soy metódico, ya lo habrán imaginado. Viviendo de lo que vivo, y desde hace tantos años, cómo no serlo. De ahí que, por ejemplo, dedique las tardes a revisar lo que dice la máquina sobre fosas liberables en un plazo de seis meses. Hace justo eso, seis meses, que comenzó lo que ahora les relato, y a eso se debe que me haya puesto a escribir, no por explicarles en qué consiste mi aburridísimo trabajo. Aquella tarde había pocas fosas, y sólo una de segunda prórroga, por lo cual parpadeaba en la pantalla, y al ver el nombre de la ocupanta, pues era una señora, la memoria, que alguna vez me parece viva su propia vida, se me puso en marcha, y como por las tardes hay poca gente, y nadie me incordia en mi despachito encristalado de la planta sótano, bajo una luz de muy poquitos watios y rodeado de ataúdes apilados hasta cinco alturas, pues me dejé llevar.
© Anna Wohlgeschaffen